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Télam – Claudia Piñeiro

Los jueves de Claudia Piñeiro
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A quién le puede importar hoy la literatura

23 de febrero de 2012
por Claudia Piñeiro.

Te levantás una mañana, temprano, más temprano que de costumbre. Tenés que terminar una nota, una columna para un suplemento literario. Ya la garabateaste, escribiste algunos párrafos, pero falta un cierre, la conclusión, corregir esas frases que declaman ideas que necesitan pulido. Te preparás el desayuno. Leés un diario en papel. Encendés la computadora y leés los otros diarios. Contestás mails atrasados. Te conectás a Twitter; hoy continúa el juicio por la desaparición de Marita Verón, hoy sigue declarando Susana Trimarco y vos querés saber qué dirá. ↓ Leer más…

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Miedo, literatura y Marita Verón.

16 de febrero de 2012
por Claudia Piñeiro

¿Qué es exactamente el miedo? Para la Real Academia Española: 1. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. 2.  Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. Freud dio su definición, Wikipedia la suya. Hay quienes ven el miedo en alguno de los cuadros de la serie “El grito”, del pintor noruego Edvard  Munch, otros no. ↓ Leer más…

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Con las manos atadas

09 de febrero de 2012
por Claudia Piñeiro

Abrieron la puerta del baño y nos empujaron dentro. El más gordo nos tumbó en el piso, nos sentó espalda con espalda y, con una soga, nos ató las manos juntas. Luego salió y cerró la puerta con llave. Quedamos en silencio esperando que se fueran, todo lo que había de valor en la escribanía ya se lo habíamos entregado. Sin embargo, antes de irse, dieron una última revisada. Por el ruido sabíamos que estaban estrellando los libros contra el piso. La escribana estaba muy asustada, no debe ser fácil para una mujer joven y linda como ella pasar por una situación así. No es que a mí no se me hubiera cruzado por la cabeza que a lo mejor los tipos me terminaban pegando un tiro. Pero el susto de ella era distinto. Yo vi cuando el gordo le miraba las piernas con ojos libidinosos. Creo que si no fuera porque el que hacía de jefe lo apuraba todo el tiempo, terminaba haciéndole cualquier cosa. Tuvo suerte la escribana, la sacó barata.

Del otro lado de la puerta se oyó el ruido de un chorro de agua cayendo desde cierta altura.

—¿Y eso? —dije.

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Jirones de mí

02 de febrero de 2012
por Claudia Piñeiro.

 I.

 Está sentada junto a la ventana. Teje. Yo la miro tejer. Teje de espaldas a la ventana. Porque no le importa mirar hacia fuera sino que la poca luz de esa tarde ilumine sus manos. Nunca prende la luz eléctrica antes de que anochezca. Y es apenas media tarde. Llueve, para por momentos y otra vez empieza a llover. No quiere equivocarse. A pesar de la luz,  no se equivocaría. Aunque cerrara los ojos. Teje de memoria. Pero juega a que puede equivocarse, tal vez, si no prestara suficiente atención. Juega a que tiene que prestar atención. El ruido de las agujas de metal chocando una contra otra parece un latido que sólo se interrumpe cuando se termina una hilera y Cándida debe cambiar las agujas de brazo, rotarlas en el aire, acomodarlas debajo de sus axilas, tirar del ovillo para que suelte un pedazo más de lana, y hacer que el latido comience otra vez. Elige puntos difíciles. Nunca Santa Clara o jersey. Los puntos complicados la obligan a concentrase en lo que hacen sus manos con la lana. Ochos, espigas, puntos fantasía, o calados son sus preferidos. Requieren mayor atención. Teje porque así no piensa en Adolfito.

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Tres postales de Cartagena: el todo por las partes.

26 de enero de 2012
por Claudia Piñeiro.

Primera postal:

Atardecer en el Café del Mar. Turistas y vecinos de la ciudad esperan que el sol se ponga en el Caribe, instalados en el lugar que se autoproclama como el punto más privilegiado de la ciudad desde donde verlo. La música del bar acompaña. Casi todos beben tragos. Muchos sacan fotos al sol en su descenso. Intervienen todos los sentidos: el olor del mar, el sabor de los tragos, la puesta de sol, la música, el contacto con el papel áspero del libro que leo. Leo El grado cero de la escritura,  de Roland Barthes mientras, como todos los que me rodean, espero que el sol se pinte color fuego, toque la línea del horizonte y por fin desaparezca. Es un libro que me regaló mi hermano hace casi veinte años. Mi hermano es un buen lector, pero no lee a Barthes ni le interesa. Lo eligió para mí, como regalo de cumpleaños, pesando en mí no en él, supuso que si hablaba de la escritura me iba a interesar, y acertó.

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Maestros

19 de enero de 2012
por Claudia Piñeiro

A lo largo del camino que recorremos para formarnos en la materia, el saber o el arte que nos ocupa, vamos encontrando distintas manos que nos ayudan. Algunas de manera oficial o explícita, otras de modo más aleatorio y hasta inconsciente. Pero sólo en algunos casos, llegamos a sentir que corresponde nombrar a quienes nos inician o acompañan en ese recorrido con la palabra “maestro”.

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Pensar distinto

12 de enero de 2012
Claudia Piñeiro

Siempre me produce extrañeza la necesidad de algunos de convencer a otros acerca de determinados asuntos. Me refiero a la vida cotidiana,  a cuando lo que está en juego no es algo en lo que se va la vida de nadie. Por ejemplo, alguien dice: me encantó tal libro o tal película y el otro no sólo da su opinión contraria (lo que sería lógico y posible en cualquier conversación) si no que trata además de convencer a su interlocutor de que no está bien que a él sí le haya gustado. O sea, lo que está en juego no es si se trata de una obra de calidad o no (lo que también tiene sus dificultades a la hora de buscar una respuesta cierta) sino de algo mucho más subjetivo como lo es el gusto, el deseo o el pensamiento del otro. Lo mismo, generalmente con mayor intensidad, pasa cuando se habla de temas políticos en una rueda de amigos cualquiera. Me ha sucedido varias veces que alguien se sorprenda ante determinada opinión política, no tolere lo que pienso y diga frases del tipo “vos no podes pensar eso”. Y que a continuación me toque escuchar una sarta de argumentaciones que no comparto, con el afán de convencerme de que tengo que pensar distinto. Hasta que la conversación entra en un punto muerto, y concluyo que lo mejor es callarme aunque no me mueva ni un ápice de aquello en lo que creo.

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Finales y comienzos

29 de diciembre de 2011
por Claudia Piñeiro

Según el calendario gregoriano, el 31 de diciembre a las doce de la noche se va un año y empieza otro. En ese momento exacto (que en realidad son veinticuatro momentos distintos según el huso horario donde a cada uno lo sorprenda la Noche Vieja) nos asomamos para ver cómo se llena el cielo de fuegos artificiales, comemos doce uvas, cortamos el pan dulce, despedimos el año que se va,  brindamos por el que comienza, o lo que corresponda según las costumbres de cada uno. Y nos decimos frases como “¡Feliz Año Nuevo!”, “que empieces bien el 2012”, “que en el próximo año se cumplan tus deseos”. Una convención como lo es contar el tiempo, medirlo, fraccionarlo en minutos, horas, días, semanas, meses, años, nos da la posibilidad de pensar un fin y un comienzo de lo que en realidad fluye sin detenerse nunca. Y es esa convención la que nos regala la fantasía de que gracias al pasaje de un año a otro podremos barajar y dar de nuevo.

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Di tu palabra y suma seguidores

22 de diciembre de 2011
por Claudia Piñeiro

La escritura surge de una tensión permanente entre el silencio y la palabra. Por qué decir, por qué contar, cuando existe algo tan perfecto como el silencio. Si se va a rasgar el silencio con una palabra es porque esa palabra lo merece, porque debe ser dicha, y porque es ésa y no otra. De ese modo estaban las cosas hasta hace un tiempo. Redes sociales mediante, da la sensación de que ya no es tan así. La famosa frase de Nietzsche “Di tu palabra y rómpete” que entre otras tantas cosas sirvió de lema a la revista literaria El escarabajo de oro, hoy aparece invertida. ↓ Leer más…

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Leer como revancha

15 de diciembre de 2011
por Claudia Piñeiro

“Con los libros no hay amabilidad, esos amigos

nuestros, si pasamos la noche con ellos, es porque

realmente así lo deseamos”. 

Marcel Proust.

 

Soy  lectora caótica y bulímica. Puedo estar leyendo tres o cuatro libros a la vez. Me voy a la cama llevando conmigo distintas opciones y recién en el momento de abandonarme a la lectura decido qué leer y qué dejar para otro día. Al costado de mi cama, arriba de un baúl junto a un espejo, en mi mesa de luz, a veces sobre las sábanas entre quien duerme conmigo y yo, hay libros. Ensayos, novelas, teatro, cuentos, literatura infantil. El caos elegido responde a patrones que nadie puede entender más que yo misma. Avanzo un capítulo de un libro y cuando siento que el sueño va a vencerme lo cierro y abro otro, especulando con que el cambio me mantendrá activa unos minutos más.

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