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	<title>Télam - Claudia Piñeiro</title>
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	<description>Los jueves de Claudia Piñeiro</description>
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		<title>A quién le puede  importar hoy la literatura</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Feb 2012 16:29:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>clara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Te levantás una mañana, temprano, más temprano que de costumbre. Tenés que terminar una nota, una columna para un suplemento literario. Ya la garabateaste, escribiste algunos párrafos, pero falta un cierre, la conclusión, corregir esas frases que declaman ideas que necesitan pulido. Te preparás el desayuno. Leés un diario en papel. Encendés la computadora y [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2012/02/23/a-quien-le-puede-importar-hoy-la-literatura/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Te levantás una mañana, temprano, más temprano que de costumbre. Tenés que terminar una nota, una columna para un suplemento literario. Ya la garabateaste, escribiste algunos párrafos, pero falta un cierre, la conclusión, corregir esas frases que declaman ideas que necesitan pulido. Te preparás el desayuno. Leés un diario en papel. Encendés la computadora y leés los otros diarios. Contestás mails atrasados. Te conectás a Twitter; hoy continúa el juicio por la desaparición de Marita Verón, hoy sigue declarando Susana Trimarco y vos querés saber qué dirá.<span id="more-143"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El juicio debería comenzar a la 8,30, pero no comienza porque una imputada no llega. Abrís el archivo de tu nota para el suplemento literario, releés lo escrito. Volves a Twitter para ver si la imputada llegó y por fin arranca el juicio. En medio de los tuits que llegan desde Tucumán se empiezan a colar otros: un tren no pudo frenar al entrar a la estación Once y cochó contra el paragolpes. La imputada faltante no llega, nadie sabe qué pasa; viene por tierra desde la Rioja, dice alguno de los presentes. Por el choque de Once hay muertos y heridos, se cuela en otro tuit. Intentás ir a tu nota, corregís dos o tres palabras. Aparece la imputada y en Tucumán el juicio se reinicia. Retuiteás algunas de las declaraciones que te llegan por los periodistas que están en la sala. Todavía no sos consciente de la gravedad de lo que está sucediendo en el Once. Lo sospechás, pero no querés creer. Aún no podés creer. Llega otro tuit, y otro. Prendés la televisión, buscás un canal de noticias. Al principio la trasmisión es pura confusión. Audios abiertos que alguien cierra a destiempo para que el horror no salga al aire tal cual es. Corridas, gente que cuelga de la ventanilla del vagón retorcido esperando que los ayuden a salir, pasajeros clasificados según la gravedad de sus heridas: rojo, amarillo, verde. Ambulancias, camillas, rescatistas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entre los tuits no sólo se informa acerca del accidente, también se hacen chistes acerca de él, se dicen ironías. No te hacen gracia, te decís: es Twitter, tratás de soportarlo pero te cuesta. Empiezan a llegar las primeras cifras oficiales: 49 muertos y 600 heridos. Escuchás lo que relatan algunos pasajeros: todo es tan parecido a cuando viajabas en el Roca de lunes a viernes de cada semana. Pero pasaron treinta años. Treinta años y el relato parece el mismo. Aparecen los primeros familiares buscando a quienes tomaron ese tren un rato antes, a quienes no llegaron a su trabajo, a quienes llaman pero el celular no contesta. Piden listas con los nombres pero las listas tardan en aparecer. Te desenganchás del juicio, el accidente del Once poco a poco ocupa toda tu atención. Un canal te muestra la reanimación de un chico de 7 años que finalmente muere. No puede ser que un canal te muestre eso, te decís, debés haber entendido mal, querés haberte equivocado. Tratás de salir del accidente, de concentrarte en la nota que tenés que entregar, apenas podés leer el primer párrafo. Lo leés, sí, pero no prestás atención, no te importa lo que escribiste, hoy la literatura no le puede importar a nadie. Habla el Ministro de Salud de la ciudad de Buenos Aires. Habla el Director del Same. Alguien le pide al Ministro que en cada hospital estén las listas completas de internados que incluyan a los derivados a otros centros de salud para que los familiares no tengan que ir de un lugar a otro buscando a los suyos. El Ministro le contesta que las listas están en Internet. El familiar le dice que él no tiene Internet ahí y que el número que le dieron no funciona,  que sería más fácil que las listas estuvieran completas e impresas, pegadas en la entrada de cada hospital. El ministro insiste: número telefónico o Internet. Habla el Secretario de Transporte. No va a contestar preguntas, advierte. Empieza dando datos, pero en medio se refiere a “la cultura muy argentina de ir a la punta del tren para bajar antes” y esa frase te enoja tanto como los chistes de algunos tuiteros o más. Intenta hablar un delegado gremial, los familiares de las víctimas que están en la estación no lo dejan, están enojados, no les importa lo que el delegado quiere decir, les enfurece que diga “esto ya lo advertimos”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ahora sólo es tiempo de encontrar a los que no aparecen. Volvés al primer párrafo de tu nota, tratás de pasar al segundo, la leés casi hasta llegar al final pero sos incapaz de corregirla, de concentrarte en lo que escribiste unas horas antes, la dejás. Querés escuchar a alguien que represente a TBA, la empresa concesionaria del tren que se accidentó esa mañana; nadie da la cara por ella, apenas un comunicado en su página de Internet. No alcanza, no le alcanza a nadie. Ya es media tarde y los familiares siguen buscando a los que no aparecen. Muestran fotos, dan señas que puedan ayudar a identificar a los suyos, lloran. La contención viene de los reporteros, les prestan sus teléfonos para que hagan las llamadas necesarias, los ayudan a revisar las listas, los escuchan con atención, les permiten sentir que alguien los acompaña en esta. Ya no intentás volver a tu nota, sabés que es imposible: hablar hoy de literatura es casi tan ofensivo y fuera de lugar como algunos de los chistes que se colaron en tu Tweet Line, como el oportunismo político a partir del accidente, como las declaraciones de algunos funcionarios, como el silencio de otros. Es tarde, oscurece sobre los andenes de la estación Once, oscurece en cada uno de los hospitales, en la morgue y en La Chacarita. No hay columna literaria posible. Los familiares siguen buscando, los familiares seguirán buscando toda la noche, recorriendo hospitales donde las listas se actualizarán cada tanto; irán por fin a donde están los muertos, mostrarán otra vez la foto de su familiar a los reporteros que siguen allí, junto a ellos; llorarán.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No quiero que mi yerno esté muerto; mi hijo de veinte años no llegó a su trabajo y no está en las listas; mi hermano tiene una frutilla debajo de la nariz; encontré la cartera de mi amiga, pero ella no aparece por ningún lado; en algún lado está, vivo o muerto está”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A quién le puede importar hoy la literatura.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Miedo, literatura y Marita Verón.</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Feb 2012 16:47:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>clara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¿Qué es exactamente el miedo? Para la Real Academia Española: 1. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. 2.  Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. Freud dio su definición, Wikipedia la suya. Hay quienes ven el miedo en alguno de [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2012/02/16/miedo-literatura-y-marita-veron/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Qué es exactamente el miedo? Para la Real Academia Española: 1. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. 2.  Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. Freud dio su definición, Wikipedia la suya. Hay quienes ven el miedo en alguno de los cuadros de la serie “El grito”, del pintor noruego Edvard  Munch, otros no.<span id="more-139"></span></p>
<p>Hace un tiempo, Stephen King, uno de los escritores que mejor ha manejado el miedo en la literatura (el de los personajes y el de los lectores), le decía al periodista Ian Caddell: “El miedo es un programa de supervivencia. Tal vez te asusten algunas cosas, como avanzar por la línea divisoria de una autopista de noche, o salir en la temporada de caza de Maine. Se está celebrando ahora, y si no llevas puesto nada rojo o naranja, puedes temer que te disparen. Por tanto, creo que es un programa de supervivencia. <strong>En las historias que escribo, intento proveer a la gente de pesadillas, que son lugares realmente seguros para poner esos miedos durante un rato porque puedes decirte que, después de todo, es tan sólo ficción. Lo único que haces es sacar tus emociones a pasear.</strong> Si se trata de una emoción negativa, es como si ésta fuera una especie de Pit Bull. Aún necesitas cuidarlo y sacarlo a pasear, pero, por lo menos, ahora tienes un sitio al que llevarlo. Eso es lo que estas historias intentan hacer”.</p>
<p>La literatura de terror tuvo y tiene grandes representantes además de King. Desde Edgard Allan Poe o Lovecraft, hasta Mariana Enríquez, la escritora que hoy representa el género en la Argentina.</p>
<p>Pero más allá del género, en la literatura hay otras historias que cuentan el miedo. Por ejemplo, la última novela de Juan Gabriel Vásquez, El ruido de las cosas al caer, que narra el miedo que se instaló en varias generaciones de colombianos a partir de los 70, con el nacimiento del negocio del narcotráfico y sus métodos. Y también narra cómo ese miedo, una vez instalado y aunque las circunstancias hayan cambiado, aparece cada tanto como una alarma que no se puede desactivar. Sobre el final de la novela, Antonio, su protagonista, se hace varias preguntas. Lo hace cuando llega a su departamento, después de días de ausencia sin dar explicaciones, y se da cuenta de que su mujer, Aura,  lo dejó llevándose a su hija. Antonio pregunta si será una alternativa ir a buscarla, si esperarla,  si guardar silencio. “¿O trataría de convencerla, de sostener que juntos nos defenderíamos mejor del mal del mundo, o que el mundo es un lugar demasiado riesgoso para andar por ahí, solos, sin alguien que nos espere en casa, que se preocupe cuando no llegamos y pueda salir a buscarnos?”.</p>
<p>Susana Trimarco, hace casi diez años, se preocupó y salió a buscar a su hija, Marita Verón. La pesadilla en la que se convirtió su vida no es de las que Stephen King inventa para que podamos “sacar tus emociones a pasear”. Nada de lo que nos viene diciendo Trimarco desde entonces es ficción literaria, lamentablemente. En su declaración del cuarto día del juicio por la desaparición de su hija, aseguró que no le tiene miedo a las mafias que se dedican a la trata de personas y que lo único que quiere es encontrar a su hija. Lo dijo después de dar detalles acerca del secuestro y de su propia investigación que a varios de los que seguimos sus declaraciones gracias a los periodistas tucumanos que tuitean desde la sala (Miguel Velárdez, Gustavo Cobos, Rosalía Cazorla, Celia Nahra)  nos hicieron poner la piel de gallina. ¿Qué cosa peor podría pasarle a una madre a la que secuestraron su hija para prostituirla y después de diez años aún no sabe nada de ella, como para que hoy sienta miedo? ¿Cuál podría ser ese riesgo real o imaginario que la detenga?</p>
<p>Sentada a metros de los imputados en la causa, sabiendo que la red no se termina allí sino más arriba, dijo Trimarco: “No sé por qué el pueblo de Tucumán no los enfrenta. Yo los voy a enfrentar, así, bajita, defenderé a mi hija”. Una frase que desarma y que no se le habría ocurrido a muchos escritores de ficción: así, bajita, defenderé a mi hija.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Con las manos atadas</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Feb 2012 00:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Abrieron la puerta del baño y nos empujaron dentro. El más gordo nos tumbó en el piso, nos sentó espalda con espalda y, con una soga, nos ató las manos juntas. Luego salió y cerró la puerta con llave. Quedamos en silencio esperando que se fueran, todo lo que había de valor en la escribanía [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2012/02/09/con-las-manos-atadas/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Abrieron la puerta del baño y nos empujaron dentro. El más gordo nos tumbó en el piso, nos sentó espalda con espalda y, con una soga, nos ató las manos juntas. Luego salió y cerró la puerta con llave. Quedamos en silencio esperando que se fueran, todo lo que había de valor en la escribanía ya se lo habíamos entregado. Sin embargo, antes de irse, dieron una última revisada. Por el ruido sabíamos que estaban estrellando los libros contra el piso. La escribana estaba muy asustada, no debe ser fácil para una mujer joven y linda como ella pasar por una situación así. No es que a mí no se me hubiera cruzado por la cabeza que a lo mejor los tipos me terminaban pegando un tiro. Pero el susto de ella era distinto. Yo vi cuando el gordo le miraba las piernas con ojos libidinosos. Creo que si no fuera porque el que hacía de jefe lo apuraba todo el tiempo, terminaba haciéndole cualquier cosa. Tuvo suerte la escribana, la sacó barata.</p>
<p>Del otro lado de la puerta se oyó el ruido de un chorro de agua cayendo desde cierta altura.</p>
<p>—¿Y eso? —dije.</p>
<p><span id="more-134"></span>—Están meando, Gutiérrez —me contestó la escribana.</p>
<p>—Mientras no sea sobre el protocolo&#8230;</p>
<p>—¡Me importa un carajo el protocolo, Gutiérrez!</p>
<p>La escribana es un poco mal hablada. Una pena, no le queda bien. Y tampoco  entiende demasiado del oficio de notario. Un escribano cuida el protocolo como a su propio hijo. Yo no tengo hijos, pero me lo puedo imaginar. A mí sí que me importaba que orinaran el protocolo. Pero claro, mi vida es esta escribanía. Todo lo que soy lo aprendí en este lugar. El tío de la escribana me lo enseñó. El Doctor Azcona, el escribano.  Él sí que hacía un culto de esta profesión. Para él preparar un testimonio, certificar una firma, hacer un estudio de títulos, eran palabras mayores. Él sabía lo que significaba dar fe, si Azcona ponía la firma uno se podía quedar tranquilo. En cambio esta chica, si no fuera porque estábamos Mirta y yo, no sé que hacía. Mucha universidad y todas esas cosas pero cuando hay que ir a los bifes, no entiende nada. El Doctor Azcona no tenía hijos. En realidad a mí siempre me trató como un hijo. Yo creo que fue para agradecerle todo lo que hizo por mí que me puse a estudiar abogacía. Y eso que cuando empecé ya había cumplido treinta y ocho años. Me costó bastante. Hubo materias que tuve que dar como tres o cuatro veces. Creo que por esa carrera me terminé separando de Julia. Yo no paraba ni un minuto. Las pocas horas libres que me dejaba la escribanía se las dedicaba al estudio, y ella se sintió sola y se terminó yendo. En el fondo la entendí. Julia había entrado en una edad difícil para una mujer. Además siempre tuvimos tiempos distintos, para todo. Al año de separarme me recibí de abogado y empecé con las materias para ser escribano, que era lo que yo realmente quería. El Doctor estaba orgulloso de mí. Siempre me preguntaba cómo me iba en los exámenes, me prestaba libros. Yo estaba seguro de que cuando me recibiera, si pasaba el examen, iba a terminar siendo adscripto a su registro. Estudié tres años seguidos para dar ese examen pero nunca lo di. Porque entonces apareció ella, una sobrina que yo nunca había oído nombrar, con veintisiete años y el título de escribana recién sacado del horno. Me acuerdo que el día que Azcona me llamó a su oficina y me dictó el borrador del poder por el que le dejaba todo a ella, fue como si me hubieran tirado un balde de agua fría. Cuando pasé el poder al libro, me equivoqué tres veces, tuve que hacer tres enmiendas. La primera vez en mi vida que me equivocaba en el libro.</p>
<p>—Al fin perdiste la virginidad, Gutiérrez —me había dicho Mirta riéndose,</p>
<p>mientras yo salvaba.</p>
<p>Se escuchó el golpe de la puerta de entrada al cerrase, y luego un silencio.</p>
<p>—Se fueron&#8230;</p>
<p>—¿A usted lo espera alguien, Gutiérrez?</p>
<p>—No&#8230; yo soy solo&#8230; me separé hace un tiempo.</p>
<p>—Entonces si no hacemos algo, hasta mañana no nos encuentra nadie.</p>
<p>Intentamos sacarnos la soga pero enseguida nos dimos cuenta de que era imposible y de que cuanto más tirábamos, más se ajustaba el nudo.</p>
<p>La escribana giró sus piernas hacia la puerta y la empezó a patear. Yo la miré sobre mi hombro. Alcanzaba a verle la pantorrilla. En una de sus patadas se le voló un zapato. Traté de  decirle que me parecía un esfuerzo inútil pero no me escuchó. Siempre parecía que no me escuchaba. Sobre todo cuando le iba con algún asunto de trabajo complicado.</p>
<p>—Gutiérrez, no me venga con problemas, soluciónelo, y cuando lo tenga</p>
<p>resuelto me viene a ver.</p>
<p>Era evidente que ella no era escribana de raza. Esa chica estudió la profesión porque vio la veta que tenía con su tío. Lo único que parecía importarle eran los trajecitos que se ponía, demasiado cortos para lo que se usa en nuestro ambiente. Y que el color de los zapatos combinara con el de la cartera.</p>
<p>—Yo no puedo creer que tenga que pasar la noche acá&#8230;.</p>
<p>—Por qué no se tranquiliza y trata de descansar&#8230;</p>
<p>—¡Gutiérrez, ¿a usted le parece que yo puedo descansar en estas</p>
<p>condiciones? ¡Tengo el culo frío por las baldosas del piso, las manos apretadas contra su trasero, y usted hablándome todo el tiempo!</p>
<p>Me parece que se le fue un poco la mano. A medida que el tiempo corría me tuvo que dar la razón. El sueño la fue venciendo. Me di cuenta por como se movía su espalda sobre la mía cuando respiraba. Acomodó su cabeza sobre mi hombro y la dejó caer para atrás.</p>
<p>—Apóyese tranquila escribana, que yo no tengo nada de sueño —le dije,</p>
<p>pero no me oyó porque ya estaba dormida.</p>
<p>Se movía un poco y refregaba el pelo contra mi cuello. Hasta me hacía un poco de cosquillas. Pero no la iba a despertar, cómo le iba a hacer eso. Me acomodé como para que ella calzara mejor. Tenía puesto el perfume que usa siempre, aunque esta vez parecía mucho más fuerte. Yo estaba acostumbrado a oler la estela que dejaba, pero sentirlo tan cerca me mareaba. Su oficina siempre olía a ella. Me acuerdo que un día que firmó muchas actas y poderes, antes de guardar el protocolo, me lo llevé hacia la cara y lo olí. Era como si ella estuviera ahí, metida adentro del libro mismo. Nunca antes la había tenido tan cerca como en ese baño. Si giraba mi cabeza hacia su lado, podía apoyar mi nariz sobre su pelo y olerlo. Lo hice. Justamente la estaba oliendo cuando ella se despertó.</p>
<p>—Gutiérrez, ¿nos tiramos de lado así podemos dormir mejor?</p>
<p>—Como usted diga, escribana.</p>
<p>Nos dejamos caer hacia su derecha y fuimos estirando las piernas. Enseguida la escuché respirar profundo otra vez y supe que estaba dormida. Sentí la curva de su cola sobre la mía. Se acurrucó y apoyó su pie descalzo sobre mi pantorrilla. Me saqué los zapatos con esfuerzo, siempre me ajusto mucho los cordones para que no se me deshaga el nudo mientras camino. Yo camino mucho, treinta cuadras por día. Le saqué el zapato que le quedaba puesto y le froté la palma del pie. Pensé que podía tener frío. Sus manos se movieron en el hueco que dejaban las curvas de nuestras cinturas. Le quise dar calma y entrelacé mis dedos con los de ella. Acaricié sus dedos subiendo y bajando los míos tanto como la soga me lo permitía. La escribana tenía la piel suave. Lo comprobé haciendo pequeños círculos con mis gemas. Se ve que ella soñaba con alguien porque en un momento me apretó la mano fuerte, con confianza, como debía hacer con esos hombres que la llamaban todo el tiempo a la escribanía. Mi mano quedó aplastada contra la curva de su cola. La recorrí apenas y comprobé que era tal como la imaginaba. Me hubiera gustado apretarla. Por un momento me imaginé atado a ella, pero frente a frente, sintiendo su respiración sobre mi cara, llevando las manos atadas de los dos hasta sus pechos para tocarlos, sintiéndola donde más la sentía. Me imaginé que la besaba, una y otro vez, bien profundo, como si me quisiera meter dentro de ella. Me imaginé dentro de ella. Y fue tan real como cuando tenía catorce años y me movía entre las sábanas. Real aunque yo estuviera tirado en el piso del baño de la escribanía con las manos atadas. Porque lo que sucedía dentro mío, sólo era posible si yo estaba dentro de ella. Traté que ese momento durara, que no se fuera, moviéndome apenas para no molestarla. Pero entonces, cuando sentía un placer que no recordaba haber sentido antes, no pude más y me dejé ir. Creo que fue mi último aliento lo que la despertó, me puse alerta, pero enseguida se durmió otra vez. Yo también me dormí.</p>
<p>Cuando Mirta entró a la mañana siguiente, no podía parar de gritar. La escribana empezó a patear la puerta otra vez pero Mirta gritaba tanto que no la oía. Entonces grité yo, con una fuerza que no sólo sorprendió a la escribana sino a mí mismo. Mirta trajo al portero del edificio y abrieron la puerta. Enseguida nos desataron.  La escribana se quejó de sus brazos entumecidos. Creo que yo también los tenía entumecidos. La escribana le pidió a Mirta que llamara a la policía, mientras ella llamaba a alguien por la otra línea. Debe haber llamado a un hombre,  le pidió que la viniera a buscar. Yo la espiaba mientras juntaba papeles orinados del piso. Tenía la pollera arrugada, estaba despeinada, y el maquillaje se le había corrido. Me la quedé mirando.</p>
<p>—¿Qué mira, Gutiérrez? ¿Por qué no se va a dar un ducha y a descansar</p>
<p>un poco?</p>
<p>Me puse colorado. Bajé la vista y me encontré con la bragueta de mi pantalón manchada de una humedad espesa. Agarré la carpeta de la “Sucesión Martín Cabrera” que estaba sobre el escritorio y la puse delante de mí.  Miré a la escribana y a Mirta, ninguna me miraba.</p>
<p>—Andá tranquilo, Jorge, que yo me ocupo de todo —dijo Mirta—. Con la</p>
<p>noche que pasaste, no sé como podés seguir en pie.</p>
<p>La escribana se fue primero. Le avisaron de abajo que la estaban esperando. Agarré mi sobretodo y salí.</p>
<p>El ascensor olía a ella.</p>
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		<title>Jirones de mí</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Feb 2012 16:46:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>clara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[ I.  Está sentada junto a la ventana. Teje. Yo la miro tejer. Teje de espaldas a la ventana. Porque no le importa mirar hacia fuera sino que la poca luz de esa tarde ilumine sus manos. Nunca prende la luz eléctrica antes de que anochezca. Y es apenas media tarde. Llueve, para por momentos y [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2012/02/02/jirones-de-mi/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><strong> I.</strong></p>
<p style="text-align: left;"> Está sentada junto a la ventana. Teje. Yo la miro tejer. Teje de espaldas a la ventana. Porque no le importa mirar hacia fuera sino que la poca luz de esa tarde ilumine sus manos. Nunca prende la luz eléctrica antes de que anochezca. Y es apenas media tarde. Llueve, para por momentos y otra vez empieza a llover. No quiere equivocarse. A pesar de la luz,  no se equivocaría. Aunque cerrara los ojos. Teje de memoria. Pero juega a que puede equivocarse, tal vez, si no prestara suficiente atención. Juega a que tiene que prestar atención. El ruido de las agujas de metal chocando una contra otra parece un latido que sólo se interrumpe cuando se termina una hilera y Cándida debe cambiar las agujas de brazo, rotarlas en el aire, acomodarlas debajo de sus axilas, tirar del ovillo para que suelte un pedazo más de lana, y hacer que el latido comience otra vez. Elige puntos difíciles. Nunca Santa Clara o jersey. Los puntos complicados la obligan a concentrase en lo que hacen sus manos con la lana. Ochos, espigas, puntos fantasía, o calados son sus preferidos. Requieren mayor atención. Teje porque así no piensa en Adolfito.</p>
<p style="text-align: left;"><span id="more-124"></span>En Adolfito, no en Adolfo. Su hijo del medio, el que se llamaba como su padre. En Adolfo no piensa casi nunca, y eso le pesa, tal vez debería también pensar en él, piensa, pero no me lo dice. Si yo preguntara me lo diría, pero no pregunto. Su marido tenía ochenta y seis años cuando se murió. Mi abuelo. La gente a esa edad se muere. Ella también va a morirse. Pero Adolfito, no. Él no tenía que morirse, por eso lo piensa vivo. Y le duele. Le duele como no le dolió nada, nunca. Entonces clava la aguja en el punto siguiente con prepotencia, da una lazada veloz, y saca la aguja para volver  a clavarla en el próximo. Cuando aparece Adolfito en sus pensamientos el latido del metal se crispa. Cambia el ritmo del ir y venir de las agujas, se acelera,  además de golpear raspan. Entonces sé que mi abuela está pensando en ese hijo, mi tío, el que se le murió. Hasta que en algún momento Adolfito desaparece, cuando por fin se lo lleva alguna espiga o algún ocho. Como se lo llevó el cáncer a los cincuenta y cinco. Joven para morirse. Un hijo siempre es joven para morirse, piensa otra vez, y por eso teje, más rápido, y se concentra, y revisa la revista donde está la explicación detallada del punto que está haciendo, y las agujas chocan una contra otra para espantarlo.  Entra el gato y se sienta cerca de ella, delante de la estufa. A Cándida también le gusta estar cerca de la estufa. A mí también. Y calentarse los pies quietos mientras teje. No demasiado cerca, todavía se acuerda aquel día en que se acercó demasiado y la media de seda se le pegó a la carne. Su hermana tuvo que tirar hasta arrancarla. Dolió, pero no tanto como cuando llovizna y no teje. No deja que el gato juegue con su ovillo, tiene las patas mojadas de lluvia y lo ensuciaría. Esconde la lana en su regazo, en el bolsillo del delantal. Además ese gato no es suyo, no sabe de dónde vino ni por qué sigue ahí, buscando cada tarde compartir el calor de su estufa. Me dice que cuando termine el ocho le va a poner un poco de leche tibia en el plato. De eso sí me habla. Y que se va a ir a calentar unos mates. En un rato nomás, para que no se le junte con la cena.</p>
<p style="text-align: left;"><!--more--><strong>II.</strong></p>
<p style="text-align: left;">Mi abuelo Adolfo se fue de España escapándole al hambre. Era el menor de once hermanos y no parecía que la poca tierra que tenían en esa montaña seca de Orense alcanzara para darles de comer a todos. Buscó el mar por el camino más corto, se metió en un barco y se fue. En el primero que encontró. Iba a Cuba. Una isla le dijeron. Cuando llegó enseguida consiguió empleo con “los ingleses”. En el ingenio de azúcar. Había que poner la caña cortada en unas máquinas enormes y ruidosas, y estrujarla hasta que largara todo lo que tenía dentro. En unas de esas máquinas Adolfo estrujó su mano izquierda. Para siempre. Nunca más fue la que era. Quedó abierta como una garra, apenas podía mover la punta de los dedos para sostener algo. De chica me daba miedo mirarla, trataba de evitarla con los ojos, pero la acariciaba, la conocía de memoria de recorrerla con mis dedos, su piel áspera de trabajo y la mía ignorante todavía. Ya no pudo trabajar en el ingenio y se volvió a España. El camino de regreso a través del Atlántico parecía más largo que el de ida. En la cubierta, agarrado de la baranda con su mano sana, miraba el surco que abría el barco en el agua salada marcando la dirección hacia su casa. Volvía por poco tiempo, pero él no lo sabía. Volvía pobre como se había ido. Pero había aprendido algunas cosas en la isla. Ahora sabía sacarle el azúcar a la caña. Y podía decir algunas palabras en otro idioma. “Gud mornin yentlemen”, se debe decir por las mañanas. Y “gud afternun yentlemen”, por las tardes.</p>
<p style="text-align: left;"><strong> III.</strong></p>
<p style="text-align: left;">Le pregunto por el viaje. El barco era grande. Eso es lo único que Cándida recuerda por recuerdo propio. Puede ver con nitidez el barco amarrado en el muelle deLa Coruñalevantándose como una mole gris delante de ella, parada junto a su hermana al pie de la escalera. Todo lo otro que sabe lo sabe porque se lo contaron, y ella me lo repite como si fuera su propio recuerdo. Pero no lo puede ver como ve el barco. Su padre se había ido dos años antes, cuando ella tenía seis y Delmira cinco. Dijo que iba a América a buscar trabajo y que cuando lo encontrara las mandaría llamar. Pero el tiempo pasaba y no había noticias de él. Entonces su madre decidió ir a buscarlo. Mi bisabuela, la abuela “viejita” como la llamábamos sus bisnietos. Pero en aquel entonces no era vieja, sino fuerte y dura. Dejó a sus hijas con su suegra, en su casa de Castro, y se fue. Cándida y Delmira siguieron viviendo su vida sin sus padres. Días, semanas, meses. Un año. Jugando en el campo, con sus cabras flacas. Hasta que un día su abuela les dijo que había llegado carta deLa Argentina. Cartade su madre. Que había encontrado a su padre. “Las manda llamar”, dijo. La abuela les puso las mejores ropas y el resto la metió en una valija pequeña. Les dio un queso de cabra a cada una, para el viaje. Y las tres fueron al puerto. Ahí estaba el barco. Gris, alto. Mi abuela Cándida y su hermana Delmira debían subir y viajar ala Argentinaa encontrarse con sus padres. Pero no dejaban que niñas tan pequeñas viajaran solas. La abuela recorrió la fila de pasajeros. Inspeccionó las caras de cada uno y decidió que esa pareja que llevaba la valija marrón gastada eran los indicados. Les pidió que las subieran como hijas propias, y que una vez dentro del barco las niñas se arreglarían solas. En Buenos Aires las van a estar esperando, dijo. Cándida y su hermana hicieron la fila con ellos. La abuela les quitó uno de los quesos y se lo dio a la pareja de la valija marrón. Avanzaban dos o tres pasos arrastrando la suya y luego se detenían otra vez. Frente a la escalera, antes de subir, el barco parecía aún más grande. Alguien se apiadó y las ayudó a subir sus bultos. Cándida tomó la mano de su hermana y subieron calladas detrás de su valija. La abuela se quedaría en el muelle hasta que el barco zarpara, para saludarlas con su pañuelo. Y así lo hizo. Pero ellas no pudieron verla. Veían como los viajeros a su alrededor saludaban, lloraban, agitaban manos y pañuelos, alzaban a sus niños para que ellos también saludaran. Ellas seguían quietas, agarradas de la mano. Sus ojos clavados diez centímetros bajo la baranda sin poder ver lo que pasaba en el muelle.</p>
<p style="text-align: left;"><strong>IV.</strong></p>
<p style="text-align: left;">José es un vago, decían. Porque mi abuelo paterno era el único de Portosín, además del cura, que leía. También sabía escribir. El único. Y eso le servía de excusa para no ir a trabajar la tierra, decían. María, la que iba a ser la madre de mi padre,  se enamoró de él y fue lo peor que pudo haberle hecho al suyo. Su padre trabajaba la tierra desde que el sol salía hasta que se ponía. Cuidaba cada vid de su pequeño campo como a su propia familia. Porque con ellos les daba de comer. En cambio José no podría darle nada. Si cuando alguien iba a pedirle que le leyera una carta él no les cobraba. Tampoco cuando le pedían responderlas. Ni siquiera los telegramas. “Nadie puede dar de comer a sus hijos leyendo y escribiendo”, le decía su padre. “Si quiere casarse con vos, que venga a trabajar la tierra como Dios manda”. Pero a  José no lo mandaba Dios, ese también era un problema, y no aceptó la propuesta. “Entonces no hay casamiento”, dijo el padre de María. Una noche se fugaron, José y María. Se fueron a un pueblo vecino, Porto de Son, y pasaron allí la noche. Juntos. Al día siguiente María escribió una carta. La escribió José, pero la firmó María. “Padre, hemos pasado la noche juntos, en una misma cama, ¿crees que ahora podremos casarnos? Esperamos tu respuesta para volver a casa con ustedes, tu hija, María”. El padre de María recibió la carta y se la tuvo que llevar al cura para que se la leyera. Miraba el piso mientras el cura se la leía. Cuando terminó le dio las gracias y se fue. Sin levantar la cabeza. Pensó un rato en silencio, sentado en la primera hilera de bancos de la iglesia a la que nunca iba. Y cuando estuvo listo volvió a la sacristía a pedirle al cura que redactara su respuesta. “Los estamos esperando, tu padre”.</p>
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		<title>Tres postales de Cartagena: el todo por las partes.</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Jan 2012 17:38:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>clara</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[Primera postal: Atardecer en el Café del Mar. Turistas y vecinos de la ciudad esperan que el sol se ponga en el Caribe, instalados en el lugar que se autoproclama como el punto más privilegiado de la ciudad desde donde verlo. La música del bar acompaña. Casi todos beben tragos. Muchos sacan fotos al sol [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2012/01/26/tres-postales-de-cartagena-el-todo-por-las-partes/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Primera postal:</strong></p>
<p>Atardecer en el Café del Mar. Turistas y vecinos de la ciudad esperan que el sol se ponga en el Caribe, instalados en el lugar que se autoproclama como el punto más privilegiado de la ciudad desde donde verlo. La música del bar acompaña. Casi todos beben tragos. Muchos sacan fotos al sol en su descenso. Intervienen todos los sentidos: el olor del mar, el sabor de los tragos, la puesta de sol, la música, el contacto con el papel áspero del libro que leo. Leo El grado cero de la escritura,  de Roland Barthes mientras, como todos los que me rodean, espero que el sol se pinte color fuego, toque la línea del horizonte y por fin desaparezca. Es un libro que me regaló mi hermano hace casi veinte años. Mi hermano es un buen lector, pero no lee a Barthes ni le interesa. Lo eligió para mí, como regalo de cumpleaños, pesando en mí no en él, supuso que si hablaba de la escritura me iba a interesar, y acertó.</p>
<p><span id="more-119"></span>El libro tiene las marcas del subrayado de cuando lo leí por primera vez: “La lengua está más acá de la Literatura. El estilo casi más allá: imágenes, elocución, léxico, nacen del cuerpo y del pasado del escritor y poco a poco se transforman en los automatismos de su arte”. Me pienso veinte años atrás, me pregunto por qué marqué ese párrafo y no otros, los que hoy subrayaría. Por ejemplo: “El pretérito indefinido y la tercera persona de la Novela no son más que ese gesto fatal con el cual el escritor señala la máscara que lleva. (…) Ya se trate de la experiencia inhumana del poeta, que asume la más grave de las rupturas, ya la mentira creíble del novelista, la sinceridad necesita aquí de signos falsos, y evidentemente falsos, para durar y ser consumida. El producto, y finalmente la fuente de esta ambigüedad es la escritura”. O este otro. “La escritura, siendo la forma espectacularmente comprometida de la palabra, contiene a la vez, por una preciosa ambigüedad, el ser y el parecer del poder, lo que es y lo que quisiera que se crea de él: una historia de las escrituras políticas constituiría por lo tanto la mejor de las fenomenologías sociales”. El sol se pone mientras subrayo este párrafo. Me pierdo su imagen última, cuando levanto la vista del papel al mar sólo distingo una luz amarilla que dibuja una línea horizontal en  el gris, allí donde cielo y mar son una misma cosa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Segunda postal:</strong></p>
<p>Daniel Samper presenta su libro El huevo es un traidor, en la librería Ábaco, una librería que conoce todo el que vive o pasa por Cartagena. La presentación está colmada de gente. Me siento en el piso, un lugar más fresco que elijo ante la alternativa de apretarme entre los parados que llegaron tarde. Sentado en una mesa, muy cerca de Samper, está Daniel Divinsky, su editor en Argentina. Cuando termina la presentación Divinsky y Samper van a comer a un restaurante al barrio de San Diego, frente al hotel Santa Clara, una de las zonas más cuidadas del casco histórico. Mientras cenan, a unos pasos de ellos, un joven sicario se acerca a quien le han encargado que mate y descarga varios tiros sobre él. El otro hombre, que al día siguiente sabremos es un “sanadresiano”, “de las mafias de San Andrés”, y muy poco más, se desangra en la vereda y muere poco después de llegar al hospital. El joven sicario tira el arma al piso, camina unos pasos y se sube a una moto. En el mismo restaurante donde comen Samper y Divinsky, está la mujer de uno de los empresarios más poderosos de la ciudad, su custodia compuesta por unos seis hombres la rodea en cuanto comienzan los tiros, algunos de los que participan del crimen como testigos se quejan de que esos hombres no van por el muerto y por el asesino, pero su trabajo es otro: cuidar a la señora; y eso hacen.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Tercera postal:</strong></p>
<p>Me pasa a buscar por el hotel Daniel Mordzinski, fotógrafo de escritores y fotógrafo oficial del Hay Festival Cartagena. Me propone que lo acompañe a recorrer la ciudad para elegir locaciones donde retratar a los escritores invitados. Nos guiará Martín Murillo, poeta y promotor de la lectura que maneja la Carretilla Literá. Antes de dedicarse a la promoción de la lectura, Murillo, que apenas llegó a quinto año de la escuela primaria,  se dedicaba a vender agua casa por casa y en el Parque Bolívar, dentro de la ciudad amurallada.  La Carretilla Literá es una carretilla de madera como cualquiera, pero llena de libros. Carga 200 libros; Murillo fue juntando ejemplares gracias a regalos y donaciones, y guarda en la habitación donde vive otros 2000 que va rotando cada tanto. La carretilla funciona como biblioteca móvil, recorre la ciudad todos los días, en la semana va a cárceles y colegios, el fin de semana se instala en el Parque Bolívar, allí donde unos años atrás vendía agua. La gente se acerca y le pide libros a préstamo que luego de leerlos devolverá. Esta mañana, en el recorrido en busca locaciones, no llevamos la carretilla para poder movernos con más rapidez. Queda estacionada en un centro cultural. En el puente Roma un adolescente para a Murillo y le pregunta cuándo pasará con la carretilla. Él le da coordenadas de tiempo y espacio que cumplirá sin dudas. Y luego de ese adolescente, otros también preguntan. Parecería que en la ciudad todos lo conocen. Nos detenemos a sacar fotos en el Hotel Tropical. Un rato después vuelvo a mi hotel y a  Barthes: “La expansión de los hechos políticos y sociales en el campo de la conciencia de las Letras produjo un tipo nuevo de escribiente, situado a medio camino entre el militante y el escritor, extrayendo del primero una imagen ideal del hombre comprometido, y del segundo la idea de que la obra escrita es un acto”.</p>
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		<title>Maestros</title>
		<link>http://pineiro.telam.com.ar/2012/01/19/maestros/</link>
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		<pubDate>Thu, 19 Jan 2012 12:07:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>clara</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[A lo largo del camino que recorremos para formarnos en la materia, el saber o el arte que nos ocupa, vamos encontrando distintas manos que nos ayudan. Algunas de manera oficial o explícita, otras de modo más aleatorio y hasta inconsciente. Pero sólo en algunos casos, llegamos a sentir que corresponde nombrar a quienes nos [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2012/01/19/maestros/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A lo largo del camino que recorremos para formarnos en la materia, el saber o el arte que nos ocupa, vamos encontrando distintas manos que nos ayudan. Algunas de manera oficial o explícita, otras de modo más aleatorio y hasta inconsciente. Pero sólo en algunos casos, llegamos a sentir que corresponde nombrar a quienes nos inician o acompañan en ese recorrido con la palabra “maestro”.</p>
<p><span id="more-116"></span></p>
<p>Raymond Carver reconoce como uno de ellos a John Gardner. Cuando ya era un escritor más reconocido que su propio maestro, Carver escribió el prólogo del libro de Gardner <em>Para ser novelista,</em> donde cuenta cómo lo conoció, por qué se anotó en su taller de escritura creativa, qué decían de él los otros estudiantes que habían sido sus alumnos. Pero además, quizás lo más interesante, menciona distintas enseñanzas que reconoce como fundacionales, algunas relacionadas directamente con la literatura y otras con el oficio, con enfrentarse a la cuestión concreta de poder sentarse y escribir. Entre las primeras, transcribo una indicación de lectura que, aún a la distancia, se puede reconocer imprimiendo su sello en los incomparables cuentos de Carver.</p>
<p><em>“Los autores que estaban en boga en aquella época eran Hemingway y  Faulkner. Pero en total yo había leído como máximo dos o tres libros suyos. De todos modos, eran tan conocidos y se hablaba tanto de ellos que no podían ser tan buenos, ¿no? Recuerdo que Gardner me dijo; «Lee todo el Faulkner que encuentres y luego lee todo lo de Hemingway para limpiar de Faulkner tu manera de escribir.».”</em></p>
<p>Entre las enseñanzas de oficio o de las posibilidades concretas de escribir, la siguiente es de un valor remarcable dentro del mundo literario:</p>
<p><em>“Gardner se había enterado de mis dificultades para encontrar un sitio donde trabajar. Sabía que tenía familia y que en mi casa no había sitio. Me ofreció la llave de su despacho. Ahora veo que aquel ofrecimiento fue decisivo. No fue un ofrecimiento casual, y yo me lo tomé, creo, como una orden —pues de eso se trataba—. Todos los sábados y domingos me pasaba parte del día en su despacho, que era donde (él)  tenía las cajas de manuscritos”.</em></p>
<p>Los maestros tienen ciertas características que los hacen destacar del resto de los que nos enseñan: rigurosidad, exigencia, amor por la trasmisión de su saber, pero, sobre todo, generosidad. De nada sirve que nos enseñe quien sabe más que nadie en la materia si es mezquino a la hora de trasmitir o no puede aceptar que el otro es una persona diferente a él, un discípulo que no tiene que copiarlo sino encontrar su propio camino.</p>
<p>A lo largo de mi formación reconozco, entre otros, tres maestros fundamentales: en guión, María Inés Andrés; en literatura, Guillermo Saccomanno; y en dramaturgia, Mauricio Kartun. De los tres tengo muchos recuerdos, consejos y hasta frases sueltas que se me repiten cada tanto. Sólo a modo de ejemplo, cito uno para cada uno de ellos.</p>
<p>En el caso de Guillermo Saccomanno, la indicación  (y una indicación de él era para nosotros, sus alumnos, una exigencia ineludible como para Carver las de Gardner) de leer <em>En busca del tiempo perdido</em>, de Proust, mientras escribía <em>Las viudas de los jueves</em>. Una indicación que puede parecer extraña, dado que nada tiene que ver un texto con el otro. “Es para que la trama no te arrase; estás en un momento de la escritura que por querer contar lo que sucede y resolver los puntos abiertos de la trama, te vas a olvidar de los detalles que más importan: cómo vive esta gente, cómo son las cortinas de sus casas, cómo ponen la mesa, qué comen, qué podes encontrar en su tacho de basura. Detalles de lo cotidiano. Eso es lo que más importa que cuentes,  la trama policial se va a contar sola”. Y aunque sin la maravillosa morosidad de Proust para contar los detalles de su casa en <em>Por los caminos de Swann</em>, la indicación estuvo presente hasta el punto final de <em>Las viudas de los jueves</em>.</p>
<p>Mauricio Kartun me enseñó a no tenerle miedo a los sentidos y a hasta abusar de ellos cuando leyó una escena de “Un mismo árbol verde”, una obra de teatro que escribí mientras estudiaba en la Emad con él. La escena era acerca de una niña que miraba escondida detrás de un sillón cómo rompían la puerta de su casa en plena dictadura militar y se llevaban a su hermana. Me dijo: “Todas las puertas las destrozaron más o menos de la misma manera, con la misma prepotencia, con la misma impunidad que contás, tenés que buscarle a la escena algo particular, algo propio de esta familia y de ninguna otra. ¿Cómo olía la casa esa mañana?”.  Entonces en la escena, que protagonizaba una familia de origen armenio, apareció el olor a menta, porque ese día estaban cocinando <em>dolmá</em>. Como la madre además planchaba una camisa al momento de la irrupción de la violencia en su casa, la plancha quedó sobre la tela y de a poco el olor a menta se mezcló con el olor a tela quemada. “Y desde entonces”, dice la protagonista gracias a esa indicación de Kartun, “cuando como <em>dolmá</em> espero con angustia que detrás del sabor a menta llegue el olor a tela quemada”.</p>
<p>A María Ines Andrés, gran guionista y directora de televisión, le debo miles de recomendaciones. Pero hay una que tiene que ver con el oficio y con las cuestiones de género (femenino, no literario) por la que le estaré eternamente agradecida. Mientras estudiaba con ella yo siempre estuve embarazada o acababa de tener un hijo (mis tres hijos nacieron muy seguido y todos en aquella época). Su taller funcionaba como semillero donde los autores que necesitaban asistentes llamaban para ofrecer trabajo. Pero yo, en estado de gravidez o de puerperio, nunca estaba en condiciones de ofrecerme como candidata. Pocos meses después de que nació mi tercera hija, el guionista Ricardo Rodríguez llamó a María Inés para pedirle que le recomendara un asistente. Ella me dijo con firmeza: “Y vos vas a ir”. “Pero estoy dando la teta”, le contesté. “Problema de él”, me respondió ella, “ yo ya le dije que sos la persona indicada, que Rodríguez vea cómo lo soluciona, pero vos vas, le decís que tenés una hija recién nacida a la que le vas a seguir dando la teta, que el trabajo te interesa mucho, y a ver qué se le ocurre a él para solucionarlo. Si no, vos no arrancás más”. Y así fue, nunca me habría atrevido a hacerle ese planteo a quien me estaba ofreciendo un trabajo si ella no me hubiera forzado a eso. Fui varios meses a la oficina con mi beba y le  di la teta y la atención necesaria entre escena y escena.</p>
<p>Apenas tres anécdotas en medio de las muchas que podría evocar.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Pensar distinto</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 11:40:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>clara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Siempre me produce extrañeza la necesidad de algunos de convencer a otros acerca de determinados asuntos. Me refiero a la vida cotidiana,  a cuando lo que está en juego no es algo en lo que se va la vida de nadie. Por ejemplo, alguien dice: me encantó tal libro o tal película y el otro [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2012/01/12/pensar-distinto/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre me produce extrañeza la necesidad de algunos de convencer a otros acerca de determinados asuntos. Me refiero a la vida cotidiana,  a cuando lo que está en juego no es algo en lo que se va la vida de nadie. Por ejemplo, alguien dice: me encantó tal libro o tal película y el otro no sólo da su opinión contraria (lo que sería lógico y posible en cualquier conversación) si no que trata además de convencer a su interlocutor de que no está bien que a él sí le haya gustado. O sea, lo que está en juego no es si se trata de una obra de calidad o no (lo que también tiene sus dificultades a la hora de buscar una respuesta cierta) sino de algo mucho más subjetivo como lo es el gusto, el deseo o el pensamiento del otro. Lo mismo, generalmente con mayor intensidad, pasa cuando se habla de temas políticos en una rueda de amigos cualquiera. Me ha sucedido varias veces que alguien se sorprenda ante determinada opinión política, no tolere lo que pienso y diga frases del tipo “vos no podes pensar eso”. Y que a continuación me toque escuchar una sarta de argumentaciones que no comparto, con el afán de convencerme de que tengo que pensar distinto. Hasta que la conversación entra en un punto muerto, y concluyo que lo mejor es callarme aunque no me mueva ni un ápice de aquello en lo que creo.</p>
<p><span id="more-112"></span>Pero como dije antes, siempre que no se vaya la vida en ello. En la película Doce hombres en pugna (“Angry men”, 1957), dirigida por Sídney Lumet, un jurado debe decidir si un joven mató o no a su padre. Le toca a Henry Fonda, el miembro del jurado número 8, convencer al resto del grupo de que tal vez, además de las pruebas presentadas como contundentes en contra del acusado, hubo en el juicio varios puntos que permiten dudar acerca de su culpabilidad. Al principio el esfuerzo por convencer al resto parece que no va a dar ningún resultado. Pero poco a poco algunos miembros del jurado van revisando su postura y en el proceso dejan muy en claro, además, su posición ante la vida, su personalidad, su propia ética. Hay quien cambia de opinión sólo porque se cansa y quiere terminar con ese trámite: “Decí que sí de una vez, así nos vamos todos a casa”. Hay quien no se lo permite: “Si vas a cambiar tu voto tiene que ser porque estás convencido de eso, no porque estás harto”. Lo cierto es que lo que empezó siendo 11 a 1 se revierte y el joven es declarado inocente o “not guilty” como se dice en el idioma original, lo que no sería estrictamente lo mismo.</p>
<p>Hace muchos años, cuando todavía trabajaba de contadora, me invitaron a un curso de toma de decisiones. El curso tenía un nombre más rimbombante que ya no recuerdo. Tampoco recuerdo si había alguna otra mujer además de mí. Al  menos en mi grupo no: ocho hombres, todos ingenieros, y una mujer, yo, contadora al borde del divorcio profesional. Nos leyeron un texto, un caso acerca de un conflicto en una empresa y la solución que se había encarado. Y luego nos dieron un cuestionario de diez preguntas. La idea era que cada uno las respondiera individualmente y que luego consensuáramos las respuestas y diéramos la respuesta grupal. En todo momento tuve la sensación  de que a ninguno de mis compañeros les importaba demasiado lo que yo opinaba. Me sonreían, hasta parecía que me escuchaban,  pero terminaban siempre votando alguna de las respuestas de los otros, nunca la mía. Cuando se dieron los resultados el instructor llamó la atención acerca de un caso muy particular, justamente el de nuestro grupo: teníamos la mejor respuesta individual de todos los participantes (la mía) y la peor grupal.</p>
<p>Varios factores se deben haber conjurado ese día por los que no pude convencer a mis compañeros de aceptar  ninguna de las respuestas que propuse. Uno, sin dudas, la cuestión de género, y como no es mi intención convencer a nadie, sólo la enuncio y el que quiera creer que crea y el que no quiera que no: esos ingenieros estaban convencidos de que “esa chica” no podía saber más que ellos. Otro factor: mi pereza; no tenía ni por casualidad la energía de Henry Fonda para convencer a sus compañeros de grupo. Pero,  seguramente, el factor de más peso fue la importancia, o la poca importancia, de lo que estaba en juego: en el caso de Doce hombres en pugna era la vida de alguien, en el caso del grupo que debía tomar decisiones acertadas se trababa apenas de un ejercicio y de una lucha de egos, no más que eso.</p>
<p>El problema es que en una sociedad, entre la vida y los egos, hay muchos temas que deben discutirse e intentar consensuar. Y el material a consensuar no se trata sólo del tema en sí mismo sino también de cada palabra utilizada en cada párrafo que continúa a la enunciación general, donde un adjetivo o un adverbio pueden marcar la diferencia entre estar de acuerdo o no. Temas que van desde la legalización del aborto, la muerte asistida, la minería a cielo abierto, o cómo se desarman las redes de tratas de personas, a otros de distinto tenor como la ropa que usa la Presidenta o una diputada.</p>
<p>El asunto es encontrar a cuáles dedicarles nuestro tiempo y cuáles ignorar.</p>
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		<title>Finales y comienzos</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Dec 2011 13:03:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>clara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Según el calendario gregoriano, el 31 de diciembre a las doce de la noche se va un año y empieza otro. En ese momento exacto (que en realidad son veinticuatro momentos distintos según el huso horario donde a cada uno lo sorprenda la Noche Vieja) nos asomamos para ver cómo se llena el cielo de [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2011/12/29/finales-y-comienzos/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Según el calendario gregoriano, el 31 de diciembre a las doce de la noche se va un año y empieza otro. En ese momento exacto (que en realidad son veinticuatro momentos distintos según el huso horario donde a cada uno lo sorprenda la Noche Vieja) nos asomamos para ver cómo se llena el cielo de fuegos artificiales, comemos doce uvas, cortamos el pan dulce, despedimos el año que se va,  brindamos por el que comienza, o lo que corresponda según las costumbres de cada uno. Y nos decimos frases como “¡Feliz Año Nuevo!”, “que empieces bien el 2012”, “que en el próximo año se cumplan tus deseos”. Una convención como lo es contar el tiempo, medirlo, fraccionarlo en minutos, horas, días, semanas, meses, años, nos da la posibilidad de pensar un fin y un comienzo de lo que en realidad fluye sin detenerse nunca. Y es esa convención la que nos regala la fantasía de que gracias al pasaje de un año a otro podremos barajar y dar de nuevo.</p>
<p><span id="more-106"></span>Empezar una nueva novela también es barajar y dar de nuevo. A veces el comienzo de la escritura coincide, incluso, con el nuevo año. Isabel Allende, por ejemplo, arranca con cada una de sus novelas un 8 de enero desde que escribió La casa de los espíritus. Edward Said (crítico político y teórico literario palestino que murió en 2003) analiza, indaga y se pregunta en su libro Beginnings acerca de los comienzos (como idea, como escritura y como acción) y tiene un capítulo dedicado específicamente a esa forma de ficción narrativa: “La novela como un intento de comienzo”.</p>
<p>Dice Said:</p>
<p>“Comenzar no es sólo una acción, es también un estado de ánimo, una actitud, una toma de conciencia”. “Para un escritor comenzar es embarcarse en algo relacionado con un determinado punto de partida. Aún cuando se lo reprima, un comienzo es siempre un primer paso a partir del cual algo va a continuar. Es así que los comienzos juegan un papel que no siempre se entiende del todo. Un final, un desarrollo, la continuidad de una historia, implican un comienzo anterior” (…) “y ese comienzo es, en términos prácticos, la entrada a lo que el escritor va a ofrecernos”.</p>
<p>Said trabaja sobre la tesis de que para un novelista  el comienzo de una nueva historia implica tanto condiciones de libertad que le permiten desarrollar su imaginación como, al mismo tiempo, restricciones establecidas en el propio mundo que crea. Un comienzo da vida ficcional y a la vez delimita el mundo narrativo donde se va a desarrollar esa historia.</p>
<p>Amos Oz, el escritor y periodista israelí, cita a Said en su libro La historia comienza y  también se ocupa del tema:</p>
<p>“¿Dónde empieza un relato como es debido? Todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. Hay, por supuesto, toda clase de contrato, incluso los insinceros”. (…) El juego de leer exige al lector que tome parte activa, que aporte su propia experiencia vital y su propia inocencia, así como prudencia y astucia. Los contratos iniciales son unas veces como el juego del escondite (…) y otras se parecen más a una partida de ajedrez. O de póquer. O a un crucigrama. O a una travesura. O una invitación a entrar a un laberinto. O una invitación a bailar. O un galanteo de mentira que promete pero no entrega, o entrega lo que no debía, o entrega lo que no había prometido. O entrega solo una promesa”.</p>
<p>Seguramente el 1 de enero del 2012 habrá mucha gente leyendo el primer párrafo de una novela, entrando en un mundo que alguien inventó según sus propias libertades y condicionamientos.</p>
<p>Habrá también escritores probando las primeras líneas de un texto que finalmente serán o no, el comienzo de un nuevo proyecto narrativo, haciendo lo que dice Oz: “… uno se sienta y se pregunta qué debe ir primero y cómo llegar a ese comienzo en medio del camino. Sentándose. Garabateando en la hoja, arrugándola, tirándola. Garabateando en la siguiente hoja: formas, flores, triángulos, rombos, una casa con una pequeña chimenea, un gato sin pelo. Arrugándola de nuevo. Tirándola”.</p>
<p>Pero habrá mucha más gente aún  que después de levantar la copa y brindar por el año que comienza tratará de reinventar el inicio de su propia novela, esa que no se escribe sobre papel, esa que se anda paso a paso, día a día, la vida que se disfruta y se padece.  Y lo harán el 1 de enero simplemente porque el calendario gregoriano nos regaló la ilusión de que es entonces cuando algo acaba y algo se inicia, y que gracias a eso tenemos la oportunidad de producir un cambio, que podemos  elegir otro punto de partida, que podemos pensarnos distintos. A lo mejor, podemos.</p>
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		<title>Di tu palabra y suma seguidores</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Dec 2011 15:33:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>clara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La escritura surge de una tensión permanente entre el silencio y la palabra. Por qué decir, por qué contar, cuando existe algo tan perfecto como el silencio. Si se va a rasgar el silencio con una palabra es porque esa palabra lo merece, porque debe ser dicha, y porque es ésa y no otra. De [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2011/12/22/di-tu-palabra-y-suma-seguidores/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La escritura surge de una tensión permanente entre el silencio y la palabra. Por qué decir, por qué contar, cuando existe algo tan perfecto como el silencio. Si se va a rasgar el silencio con una palabra es porque esa palabra lo merece, porque debe ser dicha, y porque es ésa y no otra. De ese modo estaban las cosas hasta hace un tiempo. Redes sociales mediante, da la sensación de que ya no es tan así. La famosa frase de Nietzsche “Di tu palabra y rómpete” que entre otras tantas cosas sirvió de lema a la revista literaria El escarabajo de oro, hoy aparece invertida.<span id="more-101"></span></p>
<p>Allí el énfasis estaba en la palabra dicha y no en quien la enunciaba; en el siglo XXI, parece ser todo lo contrario: alguien dice, esas palabras hacen el recorrido que pueden y luego, más tarde o más temprano, se rompen para que el que dijo pueda seguir diciendo. Se desdicen, se ignoran, se niegan, se olvidan aunque se marquen como “favoritas”, se “deletean”. Se rompen las palabras en lugar de quien habla. Es más, quien habla se construye a sí mismo, o cree que lo hace, a través de las muchas palabras rotas que lanzó a algún sitio, del mismo modo que antes se lanzaba un mensaje en una botella al mar, con la esperanza de que alguien lo encontrara y lo leyera. Hoy lo que importa es que esas palabras hayan tenido muchos retuits, hayan sido faveadas, o seleccionadas por algún diario masivo como “el tuit del día”, y, sobretodo, que eso le reporte a quien las dijo más seguidores. Si en ese camino el que habla (o escribe) enuncia palabras fútiles, erradas, innecesarias, o incluso hace daño (no en el sentido en que la literatura podría hacerlo sino un daño directo, específico, dedicado) no importa, ya dirá otras, muchas, todas las que hagan falta, no para romper el silencio con la palabra justa sino para construir un personaje, para moldearlo, para constituirse como persona “virtual” desde esa producción. No tiene tanto valor lo dicho como el personaje, real o fake, fuente inagotable de enunciados. Di tu palabra y suma seguidores. Y no me excluyo, los paradigmas cambiaron, pertenezco a este siglo, estoy dentro de un juego que ya se instaló y no va a volver atrás; sólo que a veces salgo, miro desde afuera y me da miedo volver a entrar.</p>
<p>Decir, elegir las palabras más precisas y certeras, ya no es una búsqueda poética sino un juego de ironías y frases ingeniosas que no deben superar determinada cantidad de caracteres. No digo que esté bien o mal, sólo que es la marca de época. Allí donde George Steiner veía peligro y competencia con los dioses, ahora hay una búsqueda incansable de lucimiento y competencia con los otros mortales virtuales. Dice Steiner en “El silencio y el poeta”:</p>
<p>“Hablar, adoptar la singularidad y la soledad privilegiadas del hombre en el silencio de la creación, es algo peligroso. Hablar con el máximo vigor de la palabra, como hace el poeta, lo es más todavía. Así, incluso para el escritor, y quizás más para él que para los demás, el silencio es una tentación, es un refugio cuando Apolo está cerca”.</p>
<p>En mi casa el silencio tenía una presencia perturbadora. Cuando mi padre se enojaba con cualquiera de nosotros, o con él mismo, o con la vida, o con algo que ni él sabía qué era, nos dejaba de hablar por varias semanas, dos o tres, las que le hicieran falta hasta poder volver de ese lugar donde no había palabras. Siempre lo tomé como un castigo, incluso como un castigo inmerecido, injusto: mi padre no nos hablaba por algo que no sabíamos qué era y de lo que no podíamos defendernos. A esta altura de mi vida tengo algunas dudas al respecto. Tal vez él no buscaba castigarnos sino un refugio, encontrar en el silencio dónde protegerse de aquellas palabras que inevitablemente diría y que sentía peligrosas, para él y para nosotros. Se obligaba a no decir. Se escondía en el silencio y esperaba.</p>
<p>Hoy la espera en el silencio no parece posible. Se interpretan rápidamente las intenciones de los otros, los motivos de un suicidio, la resolución de un caso policial.</p>
<p>Se dice, se rompe y se vuelve a decir, las veces que haga falta.</p>
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		<title>Leer como revancha</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Dec 2011 15:31:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“Con los libros no hay amabilidad, esos amigos nuestros, si pasamos la noche con ellos, es porque realmente así lo deseamos”.  Marcel Proust. &#160; Soy  lectora caótica y bulímica. Puedo estar leyendo tres o cuatro libros a la vez. Me voy a la cama llevando conmigo distintas opciones y recién en el momento de abandonarme [&#8230;] <a class="more-link" href="http://pineiro.telam.com.ar/2011/12/15/leer-como-revancha/">&#8595; Leer más...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><strong>“Con los libros no hay amabilidad, esos amigos</strong></p>
<p style="text-align: right;"><strong>nuestros, si pasamos la noche con ellos, es porque</strong></p>
<p style="text-align: right;"><strong>realmente así lo deseamos”. </strong></p>
<p style="text-align: right;"><strong>Marcel Proust</strong>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Soy  lectora caótica y bulímica. Puedo estar leyendo tres o cuatro libros a la vez. Me voy a la cama llevando conmigo distintas opciones y recién en el momento de abandonarme a la lectura decido qué leer y qué dejar para otro día. Al costado de mi cama, arriba de un baúl junto a un espejo, en mi mesa de luz, a veces sobre las sábanas entre quien duerme conmigo y yo, hay libros. Ensayos, novelas, teatro, cuentos, literatura infantil. El caos elegido responde a patrones que nadie puede entender más que yo misma. Avanzo un capítulo de un libro y cuando siento que el sueño va a vencerme lo cierro y abro otro, especulando con que el cambio me mantendrá activa unos minutos más.</p>
<p><span id="more-96"></span>Sin embrago, si una de esas noches siento que el libro que estoy leyendo me suelta definitivamente, si esa cuerda por la que me tenía atada se afloja o desvanece, no tengo ningún reparo en cerrarlo y no abrirlo nunca más. Suscribo  los “Derechos imprescriptibles del lector” que redactó el autor francés Daniel Pennac  en su libro  <em>Como una novela</em>, cuyo enunciado número tres proclama:<em> El derecho a no terminar un libro</em>. Al rato estaré abriendo otro, con la esperanza de que ése sí me tenga atada de su cuerda hasta el final, y no me suelte.</p>
<p>Justamente es la imagen que propone el escritor yugoslavo  Milorad Pavic para describir la relación entre un autor y un lector la que más me identifica en cualquiera de los dos aspectos, como quien lee o como quien escribe: “Entre al autor y el lector hay dos cuerdas tirantes que sostienen en el medio a un tigre. Ninguno de los dos puede aflojar la tensión, ni perder una posición diametral, de otro modo el tigre los devoraría”. A uno o al otro. Al lector o al autor.</p>
<p>Pero mi  desesperación por robarle tiempo a lo que sea para seguir avanzando las páginas del libro,  esa curiosidad por saber qué lee alguien en la mesa vecina de un bar,   la costumbre de andar preguntándole a mis amigos qué estuvieron leyendo últimamente, o el afán por contagiar mi obsesión lectora a quienes me rodean, es algo que no me viene de mi primera infancia. De chica leí menos que muchos otros. No leí <em>Alicia en el País de las Maravillas</em> cuando debí leerlo, no leí <em>la Isla del Tesoro</em> ni <em>Sandokan</em> cuando debí leerlos, ni siquiera<em> Mujercitas</em> me llegó a tiempo. Sí es cierto que de niña escribía, mucho, pero la lectura apasionada entró en mi vida bastante más tarde. Necesité leer para poder escribir. Cuando descubrí el placer de la lectura me lamenté no haberlo descubierto antes,  y me lancé a la alocada carrera lectora tratando de recuperar el tiempo perdido.</p>
<p>¿Por qué nadie me había avisado que estaba ese mundo al alcance de mi mano y yo no lo había hecho mío? ¿O me lo dijeron y no supe escucharlo? ¿O me lo dijeron por obligación, sin trasmitirme la pasión necesaria? Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que tuve mi revancha. Por eso cuando algunos dicen que la causa de la lectura está perdida si a los chicos no se los acostumbra a leer desde una edad temprana, yo disiento. A cada niño le toca los padres que le toca, y quizás sean padres amorosos, dedicados y protectores, pero no lectores. Tal vez tampoco la escuela logre el objetivo. Pero si un niño no recibe esa iniciación en el momento que la merece, todavía hay opciones. Tal vez para él, como fue para mí, el destino le tenga reservada una revancha. Cómo, por qué y cuándo, no lo sé. Creo más en la magia de un momento arbitrario en que alguien se hace lector hasta por azar, que en el dedo índice levantado diciendo: hay que leer.</p>
<p>No recuerdo que mis padres me leyeran en la cama. No recuerdo que me regalaran libros para mis cumpleaños. Pero cuando me veían aburrida no me mandaban a ver televisión sino que me llevaban al quiosco y me compraban una historieta. En mis primeros años de lectura la ficción, el folletín, la narración por entregas, entró a mi vida gracias a las historietas. Mis preferidas eran <em>Patoruzú</em>, e <em>Isidoro Cañones</em>. Esas fueron mis primeras compañías. También las fotonovelas. Y un poco más tarde los relatos que me hicieron leer en la escuela, muchos de los cuales todavía recuerdo.</p>
<p>Cuando le preguntaron al escritor italiano Ferdinando Camon por qué escribía, el respondió: &#8220;Escribo por venganza. Todavía, dentro de mí, siento esta venganza como justa, santa, gloriosa. Mi madre sabía escribir sólo su nombre y apellido. Mi padre, apenas un poco más. En el pueblo en que nací, los campesinos analfabetos firmaban con una cruz. Cuando recibían una carta del municipio, del ejército o de la policía (nadie más les escribía), se asustaban y acudían al cura para que se las explicara. Desde entonces sentí a la escritura como un instrumento de poder. Y soñé siempre con pasar del otro lado, poseerme de la escritura, pero para usarla en favor de aquellos que no la conocían: para cumplirles sus venganzas&#8221;.  Algo de lo que dice Camon me representa.  Y no sólo en la escritura sino también en la lectura. Tal vez la palabra que yo elegiría sería “revancha”, en lugar de “venganza”. La sensación de que siempre hay una oportunidad. Leer como revancha.</p>
<p>Hace unos años estuve invitada a un colegio de educación secundaria para adultos donde leyeron <em>Tuya</em>, mi primera novela. El curso estaba integrado por personas mayores de edad que por distintos motivos no habían tenido oportunidad de terminar la escuela secundaria. Un señor de pelo canoso, tal vez uno de los más grandes del grupo, me dijo: “Lo que más me gustó de tu novela es que la pude leer completa, es la primera vez que termino un libro, yo creí que nunca lo iba poder hacer. Ahora que sé que puedo, voy a seguir con otro”.</p>
<p>El señor de la escuela para adultos tuvo su revancha, como yo la mía.</p>
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